Frank G. Rubio

El término Antropoceno (del griego anthropos, «ser humano», y kainos, «nuevo») fue propuesto en el año 2000 por el químico atmosférico y Premio Nobel, Paul Crutzen, y el biólogo Eugene Stoermer. Describe una nueva e hipotética época geológica en la que la actividad humana ha alterado drásticamente los sistemas terrestres y climáticos. Sin embargo este concepto ha enfrentado una firme, seria y mayoritaria oposición científica desde el propio corazón de la Geología. Pocas cosas me causan más repugnancia que escucharlo en boca de personas presuntamente cultas que creen que pronunciando esta palabra, como el odioso término “resiliencia”, ascienden un par de palmos por encima de quienes no compartimos sus ilusas y mal intencionadas propuestas de transformación social y antropológica. Para ellos no es otra cosa realmente que una mera moda aprendida en “su” periódico, como odiar a Donald Trump o considerar favorablemente al Instituto Elcano y sus especiosos dictámenes. La crítica culminó el 4 de marzo de 2024, cuando la Subcomisión de Estratigrafía del Cuaternario de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS) votó en contra de formalizar el Antropoceno como una nueva época geológica oficial, ratificando esta decisión de forma definitiva semanas después. El propósito de degradar la Geología a ideología, vía consenso de amigotes esclarecidos con contactos en las Naciones Unidas, había fracasado. Al menos por ahora. El Holoceno pues es la época geológica actual y la más reciente del período Cuaternario. Comenzó hace aproximadamente 11.700 años (alrededor del 9.700 a.C.), tras el fin de la última gran Edad de Hielo, y se caracteriza por la estabilización del clima y el surgimiento de todas las civilizaciones humanas.
El químico atmosférico holandés antes citado, ganador del Premio Nobel de Química, Paul Crutzen, marcó un punto de inflexión histórico en 2006, según la crónica científica, al proponer formalmente la geoingeniería solar como un método de emergencia para combatir el calentamiento global. Su planteamiento sugería inyectar de manera deliberada grandes cantidades de dióxido de azufre en la estratosfera terrestre”. Resulta curioso cómo la vivencia que tienen muchos de una ecodictadura benévola, para proteger el medio ambiente de amenazas (“No tenemos tiempo”), en realidad propone carta blanca para aplicar tecnologías novedosas, jamás ensayadas, a escala planetaria. Técnicas extremadamente arriesgadas e intrusivas que consagran una completa artificialización de lo que aún entendemos como “naturaleza”. ¿Qué país es el que propone más proyectos de este tipo? China, obviamente, carente de opinión pública digna de ese nombre y de un entorno poliárquico institucionalizado como el que permanece, aunque cada vez mas deteriorado, en nuestras “sociedades abiertas”. China resulta ideal al ser un sistema totalitario con una población silenciada y esclava. Un ejemplo a vuelapluma: Proyecto «Tianhe» (Río en el Cielo). Este ambicioso y controvertido proyecto busca desviar el vapor de agua de los monzones sobre el Tíbet para dirigirlo hacia la árida cuenca del Río Amarillo. El plan contempla instalar decenas de miles de cámaras de combustión de combustible en las laderas de las montañas de la meseta tibetana.

Tras la Gran Guerra comenzó abrirse la ventana de oportunidad para una Tiranía Universal basada en la Ciencia. “El científico soviético Vladimir Verdnaski, premio Stalin de 1943, creador del término “biósfera” imaginó un futuro en el que la inteligencia humana se convertiría en la fuerza principal que guía y cambia el planeta. Durante la década de 1920, él y Teilhard de Chardin coincidieron en la Universidad de la Sorbona en París, compartiendo debates intelectuales muy profundos. Fue en este entorno donde acuñaron y dieron forma al término “noósfera” (del griego noos, que significa mente, y sphaira, esfera )”. Teilhard de Chardin, jesuita para más señas, estaba fascinado por la tecnología de comunicación de su tiempo (el teléfono, el telégrafo y la radio naciente). Para él, estos inventos no eran artificiales, sino una extensión directa de la evolución biológica.
Las primeras transmisiones radiofónicas para entretenimiento regulares comenzaron en 1920 en Argentina. El 27 de agosto, desde la azotea del Teatro Coliseo de Buenos Aires la Sociedad de Radio Argentina transmitió la ópera de Richard Wagner, Parsifal, comenzando así con la programación de la primera emisora de radiodifusión en el mundo. Para Vernadski los medios de comunicación de masas eran indispensables porque permitían que la comunidad científica mundial trabajara como un solo cerebro. La noósfera requería que el pensamiento científico fuera universal, y esto solo era posible si la información fluía sin barreras geográficas. El ser humano entretanto a través del trabajo, la tecnología y la ciencia, se convierte en una fuerza que cambia la química y el relieve de la Tierra. En el libro coescrito con Enrique Freire hace más de 15 años, del que pronto verá la luz en una edición corregida y en papel, Protocolos para un apocalipsis, se habla largo y tendido de esta cuestión.

El 11 de diciembre de 1917, como recogió la prensa de su tiempo, el general británico Edmund Allenby conquistó Jerusalén. En un acto de profundo respeto por la Ciudad Santa desmontó de su caballo y entró a pie por la Puerta de Jaffa, marcando el fin de cuatro siglos de dominio otomano. Poco más de un mes antes el gobierno británico emitía la “Declaración Balfour” donde el Reino Unido anunciaba su apoyo a la creación de un Hogar Nacional para el pueblo judío en Palestina. La declaración fue un hito para el movimiento sionista, ya que logró por primera vez que una gran potencia mundial respaldara sus aspiraciones. “Posteriormente, este compromiso fue incorporado en el Mandato Británico de Palestina aprobado por la Sociedad de las Naciones, lo que sentó las bases para el posterior nacimiento del Estado de Israel en 1948.”
Volviendo al hilo del primer artículo de este tríptico: en resumen, mientras que el Estado soviético imponía su «hombre nuevo» mediante la policía secreta y los campos de trabajo, el primer cristianismo lo hacía mediante la vigilancia comunitaria mutua, la amenaza del castigo divino y la exclusión social en un entorno sumamente hostil.
¿Señalar a ciegas?