DISCURSO A LOS REPÚBLICOS, EN DEFENSA DE LA MONARQUÍA*

Cristóbal Cobo

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Me dirijo desde aquí a los que se llaman a sí mismos “repúblicos”, la vanguardia del pensamiento político español, pues no sólo han comprendido la naturaleza exacta del régimen de poder instaurado en España en 1978, sino que saben que es inútil reformarlo, y conocen lo único que puede sacar a los españoles del abismo al que nos dirigimos: la libertad política colectiva. Poco importa si este artículo lo leen muchas personas o pocas, en tanto en cuanto lo lean las personas adecuadas.

Hemos dicho bien “régimen de poder instaurado”, pues el Régimen del 78 fue impuesto al pueblo español por un pacto entre los herederos del franquismo y los partidos políticos que, aun declarándose republicanos, aceptaron a Juan Carlos I como rey de España. El pacto alcanzado se concretó en un documento redactado en secreto por siete personas , al que llamaron Constitución de 1978, y que se dio a refrendar al pueblo español mediante una oferta que nadie pudo rechazar: o esto, o el franquismo.

Del juancarlismo al felipismo

Dicho pacto produjo ciertas anomalías de la vida política española. Una de ellas fue el juancarlismo: en el Reino de España, nadie era monárquico, era “juancarlista”. El juancarlismo, una enfermedad mental contagiosa, afectó a derechas e izquierdas, de tal forma que España es el único reino del mundo en el que apenas hay monárquicos. ¿Sorprendente? ¿Cuánto duraría la monarquía británica si repentinamente los ingleses se volvieran republicanos? Pero el juancarlismo no solo evitó que en España hubiera verdaderos monárquicos, sino que también consiguió que los republicanos pospusiesen sine die la cuestión de la Jefatura del Estado. Cuando yo era joven e ingenuo y republicano, los comunistas y socialistas nos decían: “Tranquilos, que Felipe no reinará”. La política española se movía así entre un discurso hipócrita en las alturas, y unos bajos fondos cenagosos. Mientras los juancarlistas chapoteaban en piscinas como las del Tío Gilito, los ciegos comían las uvas de dos en dos, y los tuertos de tres en tres. El más tonto podía hacerse rico en un mes y, aunque no supieras cantar, con el marketing de amiguetes adecuado podías alcanzar el mayor éxito de ventas. Como todos los nuevos ricos, habíamos olvidado nuestro origen. Nos hicimos europeos y pensamos que eso de España era una cosa antigua, carca y franquista.

Cuando se agotó el crédito, se acabó la fiesta, que no la farsa. Afloró la bola de corrupción, y los nuevos ricos, ahora arruinados, empezaron a echarse la culpa unos a otros. Corrían ríos negros de miseria, nacieron los nuevos insultómetros, las RRSS, donde cada uno podía denunciar a su vecino y quedar él, de esa manera, exento de culpa… Convertidos en jueces, policías y carceleros de nosotros mismos, ya no podíamos mirarnos a los ojos y conversar racionalmente, pues una obscura vergüenza desconocida nos lo impedía.

El juancarlismo entraba en franca recesión, se abría la veda contra el rey, y así llegamos hasta el momento cumbre en que, aquellos que pueden decirle al NYT lo que hay que sacar en la portada, hicieron que Juan Carlos I tuviera que pedir perdón y, no pareciéndoles suficiente humillación, le obligaron después a abdicar en su hijo. Este es el asunto clave de lo que empezó a pasar en el Régimen del 78, oculto tras estúpidos cotilleos sobre elefantes, princesas y tropezones en Botsuanas…

Juan Carlos debió acordarse mucho de su padre, Don Juan, cuando se encontró en la misma disyuntiva que él: renunciar al trono, y salvar la monarquía. Saboreaba la amarga medicina de ser él el traicionado ahora. ¿Traicionado por quién? Haríamos bien en preguntárnoslo, pues quienes pueden quitar un rey, son los que de verdad mandan en España. Y, desde luego, no es el pueblo, que ni puede, ni sabe, ni quiere.

¿Hasta aquí estáis más o menos de acuerdo conmigo, repúblicos? Pues agarraos a la silla, que ahora viene lo mejor.

donjuan

Cuidado con la república de partidos

En España, a pesar del gran esfuerzo intelectual desarrollado por Antonio García-Trevijano y algunos otros en defensa de una República Constitucional novedosa e inédita, la idea de república está indefectiblemente unida a la II República de 1931. Los partidos nominalmente republicanos del R78 apelan a ese período con nostalgia; innumerables películas ensalzan esa época siniestra, y en el imaginario del progre español medio, aquél fue un tiempo de libertad y prosperidad desgraciadamente interrumpido por la guerra civil y el franquismo. Cierto que esto es efecto de la ignorancia y la propaganda, pues cualquiera que estudie con serenidad y desapego emocional dicha época tendrá que reconocer que, comparado con la II República, la actual Venezuela de Maduro es un logro civilizatorio. Corrupción, asesinatos políticos, ilegalidad, represión militar y policial, criminalidad, pistolerismo y caos de proporciones descomunales, desembocaron en un golpe de estado reclamado por amplios sectores de la población, alarmados ante la imposibilidad del orden, la democracia, la decencia y la paz. La sangre llama a la sangre y el desastroso régimen republicano colapsó en la más sangrienta y repugnante guerra civil, y el largo y represor franquismo… y aún intentan seguir con el mismo cuento asustaviejas. Basta ya, por favor. Háganse a un lado. Aparquen sus fantasías en las cunetas.

Ya no tenemos juancarlismo, ni franquismo (aunque la falsa izquierda tuitera y hortera intente esconder sus vergüenzas cobijándose bajo su sombra). Así pues, ¿qué tenemos? Hoy tenemos a Felipe VI, a un lado, y un consenso roto, al otro. El consenso del 78 se ha roto por Cataluña, como ya hemos explicado en otro sitio y no va a ser fácil recomponerlo. Y aunque al R78 aún le quedan años de retorcimientos hasta quebrarse (ya veremos lo que da de sí la operación Ciudadanos), hay que estar atentos. Se intentarán reformas. Para rehacer su consenso, el Estado de partidos -que incluye todos, PP, PSOE, Podemos, Cs, los nacionalistas, los independentistas, todos- necesita un pacto sobre nuevas bases.

¿Y cuáles son las bases sobre las que el régimen del 78 intentará refundarse? Las bases calcinadas de una República partidocrática, federalizada, autodeterminada, desnacionalizada…

En esta partitocracia, los partidos son facciones del Estado que luchan entre sí, para conquistar porciones cada vez mayores de ese Estado. Y los partidos nacionalistas quieren fraccionar al Estado para parasitar su pedazo en exclusiva. Cuando el capital financiero, el mismo que obligó a abdicar a Juan Carlos I, lo considere oportuno, pondrá a sus medios y sus partidos a lanzar el vodevil republicano: el Rey, convenientemente desprestigiado, será el trofeo otorgado a la turbamulta, agitada en los insultómetros. Y nos anunciarán una nueva democracia, más moderna, más federal, más europea y, por supuesto, republicana.

Un pacto entre el pueblo y el Rey

A vosotros, repúblicos, a todos los españoles, os pido: No piquéis. No selléis jamás un pacto con los partidos contra el Rey. Antes bien, sellemos un pacto con el Rey contra los partidos. Pues son ellos, y no el Rey, los enemigos de la nación española y quienes impiden la libertad política colectiva. Cualquier reforma que os propongan los partidos: boicoteadla. O estaréis apretando el lazo alrededor de vuestros cuellos.

Recordad el 3 de octubre de 2017 como el día en que el pueblo español, que estaba perplejo, cabreado, deprimido y acobardado por el abandono del Gobierno y toda la clase política ante la intentona golpista en Cataluña, escuchó hablar al rey, un discurso de apenas 6 minutos. Y cómo en pocas horas reunió el valor para colgar banderas rojigualdas en los balcones y sacarlas a la calle, en Cataluña y toda España… cómo se rompió la vergüenza, cómo nos miramos a los ojos, cómo estallamos de alegría y salimos a proclamar nuestro derecho a seguir siendo lo que somos: españoles. Porque supimos que estábamos respaldados por nuestro rey, Felipe VI. Ése es el poder de un rey. Ésa es su gracia.

A Su Majestad, Felipe VI, le pediría que no confíe en viejos juancarlistas, en nuevos felipistas ni en ninguno de esos cortesanos republicanos. Que sea un rey monárquico. Un rey no necesita apoyarse en los partidos, ni en la Constitución del 78. Un rey tan solo necesita el apoyo del ejército y el favor del pueblo. Recupere la legitimad histórica y dinástica que se quebró con su padre. Reivindique a su abuelo. Conozca a quien le conoció y quiso aconsejarle leal y sabiamente: Invite a Don Antonio García-Trevijano a visitarle. Considero un deber patriótico proponerlo abiertamente.

*Nota Post Scriptum: Este artículo se envió para ser publicado en Disidentia.com el 22 de febrero. Publicaron una versión incompleta, con otro título, en la que faltaban varios párrafos y se había eliminado toda referencia a García-Trevijano. Solo una semana después, el 29 de febrero de 2018, fallecía en Madrid D. Antonio García-Trevijano. Vaya desde aquí nuestro tributo y reconocimiento al honorable repúblico, quien amó a España tanto como a la verdad. En paz descanse.

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