Lo que acontece (I)

Frank G. Rubio

Oclocracia-Tiranía

Conforme se va construyendo alrededor de la ciudadanía mundial toda una prisión sin
muros, en gran medida con el aplauso de muchos a los que no resulta baladí considerar multitud o “legión”, las cosas van quedando cada vez menos difuminadas para los que aún pueden y quieren ver. Una ínfima minoría porque el entorno de estupidez e ideologización es cada día más pronunciado en las sociedades occidentales.
Es obvio que, como españoles, pues eso somos a pesar de aquellos a quienes gustaría reducirnos a nudos usuarios de Sanidad o pagadores de impuestos, las circunstancias se han agravado desde la llegada de la supuesta y fabricada pandemia. Supuesta, porque nace de una reformulación de su propio concepto técnico realizada hace unos años por la OMS en la cual uno de los criterios básicos, la alta mortalidad, desaparece de su definición.
Fabricada: porque sólo el tam tam monocorde de los medios de comunicación de masas dominantes, incitando al miedo desde el primer momento y practicando descarnadamente, como algunos han destacado, una suerte de terrorismo informativo, ha permitido la imposición de medidas coercitivas injustificables sin parangón. Medidas con muy graves consecuencias económicas, psicológicas y sociales que sin duda superarán en su letalidad las muertes supuestas causadas por la enfermedad en un sentido propio. En España, se ha configurado un estado de excepción de facto bajo la máscara de un “estado de alarma”.
Como europeos, la cantinela favorita de nuestra clase política en su totalidad y los
deficientes mentales que en altas proporciones pueden ser encuadrados en el mundo
cultural, la impotencia y la fragmentación han sido la regla. Europa como entidad política se ha desvanecido con relación a esta circunstancia y cada país ha hecho recaer sus estrategias, frente a esta epidemia originada en la China comunista, que no ha dudado en utilizar de manera política en sus relaciones internacionales desde un primer momento, sobre sus estados nación. La potente euroburocracia se ha desvanecido como un azucarillo ante la epidemia.
Al otro lado del océano, la primera potencia mundial se sume en un simulacro de guerra civil en los meses anteriores a las elecciones presidenciales.
Es evidente que nos encontramos políticamente, gracias a una crisis sanitaria fabricada en plena recesión económica global, en un punto de inflexión histórico del cual apenas atisbamos, más allá de las minuciosas expectoraciones programáticas de sus autodeclarados actores, las consecuencias. Estamos, como europeos, pues eso escogieron para nosotros nuestras clases dirigentes en la Transición, en una situación similar a la de 1914.
Nuestro país ha mostrado un grado considerable de inepcia y desorganización, que ha
sorprendido a sus masas adoctrinadas en el credo socialdemócrata, en gran medida por la mala fe de sus gobernantes, que no se están destacando precisamente, a pesar de una propaganda digna de los regímenes comunistas anteriores a la caída del muro, en la gestión del asunto. Nada sorprendente para los que aquí vivimos porque no otro ha sido el modo de resolver la crisis económica del 2008 o la secesión descarada de Cataluña.
Turquía, tras las bambalinas y controlada económicamente por China, levanta la cabeza como nuevo Imperio Otomano en el Este mientras la Francia del microcéfalo se lanza a la palestra para confrontarla interviniendo en Líbano y Libia.
El escenario, profusamente articulado en torno a una confianza canina en la Técnica,
comienza a adquirir ribetes “nostradámicos”. Lo llaman “reseteo”, pero es una guerra.

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