DE (EN)SUEÑOS, DE (DES)ILUSIONES: PARÍS, MARBELLA

Jonathan Marqués

 

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«La esperanza es lo último que se pierde», dicen unos; «de ilusión también se vive», otros. Los más escépticos, sin embargo, optan por «los sueños, sueños son». El contraste entre estas dos formas de ver la vida, con la mente (Walt) o con el corazón (Travis), de ver la realidad o la ilusión, es el tema de la película que nos ocupa: París, Texas. Un dualismo que no resultará ajeno a ninguno de los espectadores, que todos nosotros experimentamos en primera persona prácticamente todos y cada uno de los días de nuestra vida.

Casi todos, como Travis, hemos tenido un sueño. En el caso de este estadounidense, el sueño de casarse con una mujer mucho menor, de conocer el amor. Para algunos de nosotros será un coche concreto, o un trabajo específico, quizás un viaje a un destino paradisíaco. Sueños inocuos que no hacen daño a nadie. Pero cuidado con lo que sueñas: puede hacerse realidad.

Nos advertía Fernando Pessoa en El libro del desasosiego de que solo hay algo peor que no cumplir los sueños: cumplirlos. ¿Con qué sueña el rey?, nos preguntaba. Y es que los sueños tienen la mala costumbre de cumplirse cuando te descuidas. Travis solo tiene un golpe de mala suerte, uno que acaba destrozándole la vida: que su sueño se cumple. Cumplido el sueño, ¿con qué sueña ahora Travis? ¿Hay sueños después de los sueños? Al protagonista solo le queda una opción feliz: (des)engañarse y buscar otra ilusión. Pero Travis, como Wim Wenders, es alemán, si no en nacionalidad, al menos en la cabezonería. Insiste y persiste en ese sueño, imposible porque cumplido. Es tanta su felicidad que cae en una amarga infelicidad: la angustia de perderlo le impide disfrutarlo. Cuando lo tienes todo, solo puedes perder. El miedo hace mella en él, cae en los celos más mezquinos, más posesivos. Hace infeliz al objeto de sus deseos y, paradójicamente, su miedo a perder a Jane es lo que le lleva a despertar del sueño de tenerla.

541e30dd787ac_ParisTexasArticuloCuando quiere darse cuenta, ella ya no está a su lado. Han pasado varios años. Nadie, ni siquiera Travis, sabe qué ha sido de él ese tiempo. Todo cuanto puede pronunciar es las palabras del Sueño por antonomasia: el Sueño Eterno, el Sueño del que nadie despierta. Él lo llama París. Una parcela con una futura casa donde podrá estar con ella para siempre, aunque solo sea porque no es real, porque no contiene más que un solar vacío. Un sitio donde no hay lugar para los celos, porque el sueño puro es tan irreal que es imposible despertar de él. Sueña con un hermoso y eterno París en la desértica Texas, con una irrealidad en lo más real y crudo de la existencia. Como cada uno de nosotros. Construimos nuestras ilusiones sobre el terreno vacío de nuestra felicidad, amontonamos piedras sobre piedras de deseos y ensueños en un edificio conceptual sin pilares de realidad sobre los que basarnos. Y es que existe un París en Madrid, un París en Barcelona, incluso un París en Marbella.

Al final, Travis, como Jürgen de Cabell, como todos nosotros, acabará deseando solo una cosa: no haber cumplido ninguno de sus sueños. Poder seguir soñando, con la seguridad, con la tranquilidad, con la felicidad, de que jamás tendrá más París que Texas, más París que Marbella.

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