MUNDO LABORATORIO Y ECOLOGISMO DE CUARTEL

el

Frank G. Rubio

No es la revuelta lo que resuena en la voz de quienes repiten con fervor la propaganda catastrofista (sobre las amenazas a la nave Tierra), sino la sumisión anticipada a los estados de excepción, la aceptación de las disciplinas por venir, la adhesión al poder burocrático, que pretende mediante la coacción, asegurar la supervivencia colectiva. Renè Riesel – Jaime Semprun

La noción de ecosistema, procedente en gran medida de la cibernética, y su correlato inmediato: la certidumbre supuesta de una catástrofe anunciada, una amenaza planetaria que podríamos cortar de raíz sometiéndonos a un nuevo y muy intenso despotismo, la narración/trola que nuestra clase dirigente trata por todos los medios insuflarnos como a una oca se la atraca para fabricar el “foie gras”, constituyen el meollo de la actual crisis de la Covid 19 y la “razón” de ser de la implantación de la “nueva normalidad”. El colectivismo autoritario requiere una sobresocialización que no dudan en facilitar esas dos caras de una misma moneda que son: el neoliberalismo y la socialdemocracia. Esa idea tan bonita de que “la Nave va…”

Nos vamos a garete, sí, pero no por el “cambio climático”, ni siquiera por los muy interesados fuegos fatuos de los benevolentes filántropos (el corrector insiste en “misántropos”) que nos pretenden redimir mediante el mantenimiento de la distancia de seguridad y la ingesta forzada de carne sin dolor, agua fecal purificada o la modificación de nuestro código genético mediante la polución continuada de nuestro organismo con seudovacunas.

Bastante antes del mes del inicio de este fatídico último año de la Rata, cinco décadas más atrás incluso, flotaba ya en el aire, cuidadosamente diseminada por la “academia” y los “mass media”, la convicción consensuada en la cúspide sobre la irrupción posible de una catástrofe “ambiental” en nuestro horizonte civilizacional. Catástrofe que requeriría, para mejor prevenirla, como hemos señalado más arriba y no nos cansaremos de repetir, el sometimiento de las poblaciones a un programa decidido de reforzamiento de coerciones. Un libro como Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible, publicado por Pepitas de Calabaza en marzo del 2011, obra de dos autores franceses vinculados al neositiuacionismo: Renè Riesel y Jaime Semprun, terminado en el 2008 y por ello en las inmediaciones de la crisis económica que, procedente de la burbuja financiera, sigue guiando los destinos de las sociedades occidentales, da cuenta de muchas cuestiones que constituirán el núcleo de este articulo. Sin ser una reseña al uso, por referirme en ocasiones a acontecimientos situados en el futuro del momento histórico en que fue escrito, señalar que gran parte de los conceptos y recursos retóricos han sido extraídos de esta obra.

 En el 2010 comenzaron las “primaveras árabes”, una de las aportaciones más nefastas de la política exterior del presidente norteamericano Obama, afortunadamente revertida entre 2016 y 2020 por el presidente Trump. En el 2011 y siguiendo la misma estela de insurrecciones varias, incentivadas en gran medida por especialistas en “disidencia controlada”, se ensayó con similar metodología el 15M. A una década de distancia queda clara la naturaleza de la “spanish revolution” desarrollada principalmente en Madrid. Insurrección festiva y “espontánea” para los televidentes; caricatura del mayo del 68 francés, y desde sus comienzos reconducida mediante procesos de manipulación variados entre los que destacaremos el arquetipo-baratija de “los indignados”, para los que aun piensan y no olvidan. Hasta tal punto que estas jornadas, profundamente antiestéticas y de una puerilidad máxima, a pesar de tener como protagonistas (quizá más por ello) a gente muy joven en general, son ahora reivindicadas por la formación política Unidas Podemos con la sórdida finalidad de intentar ganar las elecciones municipales polarizando al electorado con las más obsoletas propuestas ideológicas. Ni siquiera el 15M se revolcó en este cieno.

 La memoria es corta y las masas viven sumidas en una intensa ahistoricidad, sometidas mediante el trance hipnótico televisivo al pensamiento único (que incluye al izquierdismo que decía lo combatía) o entreveradas, en el caso de sus más bisoños representantes generacionales, con la mostrenca interactividad de los videojuegos y las redes sociales. Los cuadros dirigentes medios, incluso los altos, entregados a un actualismo en el que el componente mediático también es decisivo, custodian la Granja como podrían hacerlo perros y gatos. Nos vamos a enterar si tenemos que participar en una guerra de verdad.

En cuanto a las “primaveras árabes” solo los elementos más meretricios del periodismo y la politología, pueden seguir predicando su oportunidad, su espontaneidad o encontrar meritorios sus muy amargos frutos.

Ya en el 2008 los autores de este breve opúsculo hablaban de la amenaza que los ecolócratas implicaban con sus propuestas dogmáticas sobre el decrecimiento. Del Club de Roma (1968) a las declamaciones patéticas del dúo “Greta y Carlos” en Davos en el 2020, ha transcurrido ya medio siglo. La neo lengua del decrecimiento se manifiesta en el plano filosófico con las tesis deceleracionistas, otro enjuague procedente del marxismo postmoderno plenamente asumido por unas universidades que dependen de las grandes corporaciones y que cuentan con manadas de auténticos becerros como alumnos; sin obviar una alta proporción de pícaros activistas, en gran medida semiletrados, entre el profesorado.

El colectivismo autoritario ecológico es otra variante del mitema de “la administración de las cosas”; los quiliastas decimonónicos, enmascarados en la industria y el periodismo de su tiempo, lo acompañaban con  imágenes bucólicas que simbolizaban un futuro luminoso hacia el que dirigían paulinamente a las masas por redimir. La sociedad industrial de masas asume el horizonte del gobierno mundial a través de la catástrofe anunciada; sin embargo la nada modesta propuesta de una dominación despótica ejercida por los expertos se retrotrae a Gran Bretaña a comienzos del siglo XX si no antes. El “callejón sin salida” se ha convertido en una nave espacial ingente, hecha posible por Máquinas Inteligentes y preparada para el despegue; con ello la burocratización del mundo entra en una fase decisiva: gestión integrada de recursos e inteligencia artificial. Todo ello supuestamente para desviar nuestra civilización de una trayectoria de declive. Ni que decir que los conceptos utilizados en esta frase son interpretados al libre arbitrio de los dirigentes globalistas que son los que hoy determinan el curso de los acontecimientos. O mejor dicho, creen determinarlos.

 La nuclearización (todo lo que venga del carbono es malo), la robotización (los robots nos enseñarán a ser más humanos), la manipulación genética sistemática de todos los organismos (para alimentar a las billonarias y conectadas multitudes de las Postrimerías) mas la transferencia de las psiques individuales a cuerpos sintéticos (sin duda imprescindible para nuestros dilectos Patrocinadores) son parte del ideal del “gran reinicio” del cual, salvo la primera propuesta de la serie, no tenían noción los autores del libro citado. La utopía posthistórica de la que la “nueva normalidad” o la Agenda 2030 son meros avances no ha hecho más que comenzar. Cuando se están proclamando lugares comunes como el repetitivo “si no cambiamos de modo de vida”, no se esta proponiendo un dialogo entre iguales sino dando órdenes.

El miedo a la verdad y la propaganda catastrofista, que se  manifiestan día a día con el asunto del virus procedente de Wuhan, son una modulación de los terrores anunciados antes con el “calentamiento global”. Versionando un fragmento de Catastrofismo... recalcar que el fetichismo de los datos y el respeto pueril por todo lo que se presente en forma de cálculo nada tiene que ver con el miedo al error, sino, más bien, con el miedo a la verdad. Hay que educar al público para que se someta por adelantado a la autoridad científico-ecológica que dictará las nuevas normas para el buen funcionamiento de la maquina social. La falsa pandemia, una “plandemia”, es un vector privilegiado para implantar el condicionamiento necesario en vastos sectores de la población. Todo ello simplificado con el eslogan: “¡hay que salvar vidas!”

La búsqueda de una sociedad pos mercantil y pos salarial mediante la “austeridad compartida”, la bicoca izquierdista alternativa, todo ello en un marco de encuadramiento consentido (serás feliz si no tienes nada), resulta absolutamente delirante para cualquier mente pensante. Para que algo así sea posible de manera generalizada, será imprescindible la ausencia de cualquier pensamiento o acción independiente.

La reducción de Sofía a androide, realizada hace unos años en Arabia Saudita y publicitada con orgullo de manera global, da una cierta idea desde el plano arquetípico de por donde va el asunto. Nuestra Modernidad no puede aceptar un exceso de modernos viviendo como tales y propone, más allá de las dos salvajes guerras mundiales que bien pudieron haberse evitado y que dependieron en su génesis y ejercicio de no más de cien cabezas decisoras, un programa de duras renuncias, control absoluto de las conductas y erradicación eugenésica de millones de personas “inútiles”. Ese es aquí y ahora nuestro escenario civilizacional en Europa. El IV Reich.

Como señalan los autores de Catastrofismo: “creen que pueden leer el futuro en las modelizaciones de sus ordenadores”. La peregrina idea de que el futuro está aquí, el de los futurólogos y proyectistas, más allá de su uso como metáfora, es un completo “desideratum” que inspira a toda la cuadrilla de farsantes que utilizan el término “posthumano”. El pasado obviamente es un obstáculo porque es un punto fuerte de referencia y lo mejor, para los perfectibilistas de toda laya, es olvidarse de él o borrarlo del mapa si fuera posible. No otra fue la práctica en que incurrieron los totalitarismos especialmente el comunista que, por su fuerte componente utópico, encontraba en cualquier institución centenaria o milenaria una rémora para sus deseos de emascular lo humano existente y sustituirlo por una cohorte disciplinada de empleados de correos o “koljosistas” ejemplares.

Jacob Buckhardt, y con esto termino, es citado significativamente cuando recalcaba, al principio de sus Reflexiones sobre la Historia Universal, que si el conocimiento del futuro fuera posible esto implicaría “un caos de todas las voluntades y aspiraciones, pues éstas solo pueden desarrollarse plenamente cuando actúan “ciegas”, es decir en gracia a sí mismas y las propias fuerzas internas.

Venga usted a contarle eso a quienes suponen que pueden constituir un egregor planetario, mediante la inserción de la biomasa conectada en una noósfera artificial, para mejor lanzarse al espacio y alcanzar la inmortalidad. 

Mire los virus, doctor, con esta estructura cristalina, ni animados ni inanimados, ¡e inmunes al tiempo! Usted y yo pronto estaremos así, lo mismo que el resto del mundo. ¡Ni vivos, ni muertos!

J. G. Ballard

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