CARTA DIRIGIDA A A. Y J., DOS “NUEVOS ESPAÑOLES”

Francisco Arellano

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Queridos A. y J.:

Llegasteis a España hace algunos años y fue entonces cuando os conocí. Llegasteis aquí como tantos otros después de una serie de decisiones que condujeron a tomar la única salida que os quedaba. Debíais hacer lo impensable y lo hicisteis, ayudados por vuestra familia, por vuestro padre y vuestra madre, que decidieron lanzaros a la aventura de la vida sin tener en cuenta los miles de sinsabores que os esperaban y para los que, posiblemente, no estabais preparados, ni ellos tampoco. El caso es que, de un modo u otro, conseguisteis alcanzar este maravilloso mundo occidental al que tantos aspiran y en el que tan pocos pueden vivir con la comodidad que parece prometer. Pero eso no os arredró, no, ni lo más mínimo. Después de un periodo de adaptación al nuevo medio en que os encontrabais, después de intentar estudiar algo que os diera un mínimo de bagaje cultural para enfrentaros al mundo, tuvisteis que empezar a valeros por vosotros mismos con el resultado habitual: un choque frontal con un mundo donde, por los inevitables cambios de la vida, todo estaba transformándose en un paraíso limitadísimo donde es muy difícil encontrar los medios adecuados para poder vivir dignamente. Dicen que antes las cosas eran distintas, pero lo cierto es que siempre ha sido igual: la vida es un continuo luchar contra la adversidad con muy pocas posibilidades de vencer. Os cuesta muchísimo encontrar un lugar donde vivir con comodidad y tenéis que andar buscando continuamente sitios donde poder meteros para habitar en compañía de otros amigos y con vuestras parejas y compañeras, pagando vuestros alojamientos con trabajos muy mal pagados y sufriendo continuamente la amenaza de que todo puede quedar en nada después de tantos esfuerzos y tantas penas. Pensáis, como no podía ser menos, que deberíais tener un buen trabajo, al menos un trabajo que os permitiera satisfacer todas las necesidades básicas que tienen las personas, que tendríais que poder acceder a una vivienda digna que no os arrebatara todo el poco dinero que cobráis, soñáis con un mañana mejor que es muy posible que tarde mucho en llegar si es que alguna vez llega. Os he visto lamentaros, ante mí y ante el mundo, de toda la vergüenza que representa tener que vivir así. Veis gente que vive mejor, pero eso no os hace sentir envidia por ellos, porque esa gente que “vive mejor”, apenas vive algo mejor que vosotros, porque los salarios de los actuales trabajadores son de una calidad tan ínfima que difícilmente da para que todos pueden vivir con alegría y comodidad. Los partidos políticos os empujan a la calle para que así podáis servir de dogos para molestar al gobierno de turno, para agitar la coctelera del odio con los gritos enrevesados de unos interesados que solo buscan sus intereses partidistas y que, en el fondo, les importáis muy poco, tan poco como el acto de que depositéis vuestros posibles votos en las urnas para que ellos puedan pervivir en la poltrona de su vaguedad. Os mienten y os engañan, os reparten banderitas y os enseñan eslóganes llenos de mentiras. Pero todo eso no importa, vosotros, después de todo lo pasado, queréis intentar vivir tranquilos, o eso me gustaría pensar. Pero es tan difícil hacerlo.

Queridos A. y J., me habéis dicho muchas veces que tenéis aspiraciones, que tenéis sueños que no podemos ayudaros a cumplir. Y eso es muy lamentable y no sabéis cuánto me hace sufrir. Habéis venido a este mundo de maravillas llenos de sueños que, al final, son solo pesadillas. La vida es lucha, pero una lucha sin sentido y sin final: luchamos hoy no para dejar de luchar, sino para poder seguir luchando mañana. Vosotros insistís en vuestra esperanza, pero desde ya os advierto que es casi imposible. Podéis engañaros, hay quien lo hace durante toda su vida, pero no vayáis a creer que eso soluciona sus problemas; solo los pospone: la solución no suele llegar de manera definitiva. Este mundo donde habéis venido es una utopía sin sentido, una utopía falsa donde los sueños no se hacen realidad. Mirad por ejemplo eso que hay quien os quiere garantizar, el derecho a una vivienda digna que viene recogido en las leyes más importantes de todas. ¿Hay quien puede conseguir una vivienda que no sea una tienda, una choza, un chamizo infecto en un descampado si no es dejándose la piel y la vida para dar con un agujero? Y así es más o menos todo. Estamos rodeados de derechos, pero nos olvidamos de que los derechos no son gratis, que, al final, hay que conseguirlos con esfuerzo y lucha. Por eso hay quien sale a la calle, mucha gente como vosotros, para reclamar casa, trabajo, condiciones dignas de vida y porvenir. ¿Por qué no? ¿Por qué esas cosas no vienen de fábrica con las personas? Vinisteis a este mundo para vivir mejor, y eso es muy meritorio, pero no os lo van a poner fácil.

En fin, que ya estáis aquí y vuestros problemas siguen existiendo y no parece que se vayan a solucionar de un modo sencillo y cómodo; mucho menos, rápido. Pero, en fin, habrá que hacer lo que se pueda, por poco que sea.

En este mundo occidental hay muchos partidos políticos que están luchando por los derechos de la gente, de los nativos y de los inmigrantes, pero, de momento, parece que tan solo un grupo está siendo favorecido por la marea de posibilidades que puede desprenderse de la benevolencia del Estado. Los hombres y mujeres de este país, la ciudadanía en su conjunto, ve muchas cosas que hay que considerar como infectas. Hay quien lucha para conseguir derechos para los inmigrantes y gentes llegadas de fuera de nuestras fronteras para que alcancen un nivel de vida comparable al nuestro y que así podamos repartir con ellos las grandes ventajas de nuestro sistema de vida. Este sistema de vida que tantísimos años nos ha costado conseguir y que ahora queremos repartir de manera desinteresada con cualquiera que venga a llamar a la puerta de nuestra casa, como los antiguos bárbaros. Para esta ingente marea de inmigración hay partidos políticos que piden… perdón, que piden no, que exigen, los mismos derechos que tenemos todos nosotros por el mero hecho de ser nacionales de cierto país; y eso está muy bien, mucho, porque eso representaría que vosotros, queridos A. y J, también lo lograréis. Pero… En la vida siempre hay peros, cómo no.

Pero… Nos basta con echar una mirada al mundo que nos rodea: ¿conocéis a mucha gente que por el mero hecho de necesitar una casa se la consigan los poderes públicos? Pues la hay: hay gente a la que la entregan viviendas gratuitas (o muy baratas, baratísimas, un “lo que me quieras pagar”, o casi) para que puedan vivir con una dignidad que a vosotros, A. y J., os niegan. Vosotros no tenéis derecho a esas casas, porque, ya os darán de comer vuestros padres, si viven y si viven cerca de vosotros, y también os darán un techo si lo necesitáis, aunque eso solo sea repartir la miseria, que es lo que más nos gusta en este mundo tan bonito.

A mucha gente de nuestro entorno más cercano, vecinos y cosas así, le dan incluso dinero para que pueda sobrevivir de alguna manera, cosa que a otros, ¿verdad, A. y J.?, ni se les ocurre hacer. Ayudas económicas, sociales, médicas, laborales, educacionales, de todo tipo. Facilidades para encontrar casa, trabajo, mejores condiciones de vida, de todo tipo también. Y, si no, pues a la calle y a exigirlo, que lo fácil es pedir aquí lo que más allá de nuestras fronteras no se puede ni pensar en solicitar.

Porque, vamos a ver, todo el mundo que traspasa nuestras fronteras tiene derecho a todo lo que a nosotros nos niegan porque, por puro buenismo, un buenismo estúpido y pacato, no es adecuado que a nosotros nos den lo que necesitamos y nos merecemos pero sí que se lo den a otros, porque ¡pobrecillos!… Vosotros, A. y J., no venís de Mali, ni de Senegal, ni de Ecuador, ni de Siria, ni de ninguno de esos países que se dedican a exportar terroristas a Occidente, o, ya puestos, violadores, delincuentes o canallas de toda índole. Vosotros, A. y J. sois mis hijos y veo que tenéis muchos menos derechos que los que se les conceden a todos esos recién llegados.

Estas pocas líneas no pueden sentarle bien a mucha gente, pero no lo siento; de hecho, me viene a dar lo mismo porque, para bien o para mal, esta es la realidad y no las pamplinas que nos cuentan de forma reiterada. Vivimos en un mundo cambiante, pero cambiante para mal. Estamos inmersos en un maremoto de cambios incontrolables donde quieren que transformemos nuestra manera de pensar y de actuar. Que alteremos nuestros valores para adecuarlos al pensamiento de una izquierda (este es el verdadero problema de nuestro mundo actual) vergonzante que quiere que todos seamos iguales y para ello es capaz de importar grandes masas de personas desafectadas de un mundo ajeno a nosotros para que todos juntos vivamos en un proceso de integración que solo tiende a la desintegración de un sistema y de unos valores que, en el fondo, son los nuestros de toda la vida… aunque nos pese.

En fin, queridos Arturo y Javier, no sé qué más deciros. Quizá todo esto no valga para nada (seguro que no vale para nada, pero aquí queda dicho), pero me gustaría despedirme con un mensaje impregnado de un cierto optimismo: lo único que no hay que hacer es callarse; sé que pocas cosas valen la pena, pero dejar de decir lo que uno piensa es el primer paso para que puedan pisotearnos como les venga en gana. Sin más.

Paco Arellano, español, heterosexual, no polimorfo, cimarrón, blanco.

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