Mnemosine Encriptada (selección)

Anéledes

mnemosine
ilustración de Antonio Fernández Heliodoro

 

No dejes que hablen en tu nombre
y te claven astillas en la lengua.

Extingue toda palabra
que no desobedezca
y se arrastre servil
a sus astutas manos.

Despierta, Mnemosine,
que no olviden que sabes
llamarles por sus nombres.

Una memoria distante
de azules y amarillos,
catálogo de hielos,
inventario de entonces.

Una memoria pobre
y sin hermanas
que fuera solo
registro notarial,
acta, repertorio.

Una memoria
sin tentación de olvido.

—-

Su mirada cayó sobre mí
con la inercia de un río
que hubiera frenado en seco.

Pestañeo
como un cerrar de puertas.

Cerrojazo
de párpados

Un quedarse
afuera.

—-

Por enramados espacios
donde discurre el agua
late un murmullo suave
(como un brotar de alas)
que esparce con su canto
cristales sobre el río.

Acaso sea el mismo
rumor que suscitara
a Heráclito El oscuro
que el río es el temblor
de un dios que se está haciendo
y no ha nacido nunca
y siempre es la respuesta.

AMANECER

I

Cuaja sobre las velas
la luz.

Recobra el horizonte
la línea
que el sueño le robara.

Se enciende
la membrana del mundo
y reverbera
su bostezo de siglos
en el agua.

El mar se despereza
en lentos gestos:

estira
sus orillas,
airea
sus arenas,

con gracia dispone
gaviotas en la brisa
y al compás de las olas
–contra toda esperanza–

afinan
las caracolas
sus espirales de olvido.

Y amanece.

NOCHE

I

Detrás de los ojos
hay un pozo de sombra:
residuos diurnos
que decanta el olvido.

Detrás de los ojos
el deseo animal
con la boca abierta
(no hay consuelo a su sed
ni puede saciarse
su hambre de siglos).

Allí arrinconados
arcanos ancestros
dan vueltas y vueltas
en su celda estrecha.

Y en lo más abisal,
tan solo gruñidos
[hay algo que repta].

Detrás de los ojos
naufraga la luz
y apenas soy yo

y no os reconozco.

 

II

Luz sobre luz
el blanco día.

Qué pronto amarillean
sus esquinas.

Su cénit disimula
y vuelve azules
los sueños de los pájaros.

No engañará más cuando,
solemne,
se alce en púlpitos violetas
y ordene
cortar todas las alas.

Después noche.
Noche sin matices
apenas rota
por el guiño de otros soles
que mienten.

III

No esquives la noche, ven.
Verás arder el tiempo en otros mundos.

Cada hoguera
incendia una oscuridad y la consume.

De apretadas cenizas, nuestro cuerpo,
fuego más fugaz que el de una estrella,
ansía también la luz.

A ciegas
llama.

DESPEDIDA

Venganza de todas las aristas:

Qué risa,
la de los cantos rodados
cuando el río,
ladera abajo,
se despeña.

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